Se llama José Luis Prada Méndez, pero pregunte siempre por Prada. Lo han llamado loco muchas veces, tantas como han augurado que sus sueños no iban a triunfar. Más tarde corrigieron el adjetivo y lo cambiaron por “profeta”. Hecho a sí mismo, este culo inquieto y viajero impenitente, desde muy joven tuvo claro que en el Bierzo había productos increíbles pero infravalorados, en los que valía la pena creer si se hacía desde la autenticidad y la honestidad. 

 

Lo que la tierra nos entrega merece ser transformado como merece y conseguir el valor añadido para los que viven de ello, solo así se mantendrá la calidad en lo más alto. De las conservas artesanales al vino del Bierzo, pasando por la restauración y el alojamiento o el enoturismo, en el que fue pionero en El Bierzo, todo lo que Prada emprende tiene su sello particular y el ideal de ser lo mejor en su categoría. ¿El secreto? Pues que a Prada la madrugada siempre lo sorprende trabajando.

 

El Bierzo

A caballo entre la meseta y los montes de Galicia, rodeado de unas montañas de las que bien dicen los mayores “que las que no dan vino dan castañas”. Siete grandes ríos, que desaguan en el Sil camino del Miño, forman otros tantos valles fértiles en los que alumbran huertas, frutales, bosques de ribera, coníferas según vamos ascendiendo y vides, siempre vides como un mar verde, amarillo, rojo, ocre, marrón… dependiendo de las hojas del calendario. El peregrino de Compostela halla en El Bierzo unas jornadas de levedad y descanso que contrastan con lo andado hasta aquí. Ahora, sumergido en túneles de arboleda, entre frutales que les llaman a cada paso y en cada estación. Si no es tiempo de castañas es de cerezas, o de ciruelas, o de manzanas... la tentación está al borde del camino. Después, en el Palacio de Canedo, la metemos en tarros, pero ojo, solo cuando la naturaleza nos dice que ya toca.

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